Al fondo (siempre) hay sitio

Haciendo uso de su carnet de investigadora de la Biblioteca Nacional, mi enamorada encontró este curioso artículo de Enrique Valls titulado “El Autobús y las Sardinas”. Lo risible es que el mismo fue publicado en Ultima Hora (agarrense) el 7 de julio de 1978… y ya la cosa funcionaba como ahora, casi 30 años después.

Disfrútenlo

El autobús y las sardinas (Enrique Valls)
Ultima Hora, 7 de julio de 1978.

El literario “Tranvía llamado deseo” debía decirse ahora en Lima “una lata de sardinas llamada microbús” y en efecto, todos los inconvenientes del microbús se derivan de si en el fondo estos trastos rodantes – salvo honrosas excepciones – no son sino envases en donde se apila a la gente lo mismo que a las sardinas en una lata de conserva.

El subir a un micro y amontonarse como carga en uno de los tantos que renquean por Lima produce una deshumanización del usuario. El microbusero considera a sus clientes como paquetes. Cuando uno sube a uno de esos folklóricos e inefables vehículos, el conductor o el otro folklórico que cobra gritan: “atrás hay sitio”. No lo hay, pero el sufrido bulto (es decir, el pasajero) gatea sobre las cabezas de los otros pasajeros (es decir, los bultos) hasta que finalmente queda empaquetado convenientemente entre siete u ocho más en un espacio de dos o tres centímetros cuadrados.

Hay que reconocer sin embargo el aporte que los microbuses han hecho en el terreno de la investigación física. En efecto, hay un principio que señala que dos cuerpos no pueden ocupar un mismo lugar en el espacio. Falso. En los micros, siete u ocho cuerpos (o sea, el bulto pasajero), ocupan el sitio de uno solo. Es un descubrimiento de primera magnitud que debería ser incorporado en los textos de física. Se reprocha a los microbuseros que sean así o asá, pero, ¿qué otra actitud van a tomar ante la presencia de tantos bultos en su carro? Los bultos no opinan. Simplemente se les arroja en un sitio, hasta que de un empellón se les deposita en el medio de la pista, en una esquina o encima de un ambulante.

Por eso, yo quiero hoy romper una lanza a favor de los microbuseros. Su deformación profesional les impide darse cuenta de que los usuarios son personas. A fuerza de apiñarlos los han tomado como carga. Yo pienso en que el el día en que lleguen a comprender que no son carga sino personas, la actitud de los dichos caballeros cambiará. Y una buena manera para que cambiaran de ética sería meterlos a todos en un micro, con carga, y llevarlos de Lima a Chorrillos, ida y vuelta. Ya verían entonces ustedes cómo todo iba a arreglarse. No hay como predicar con el ejemplo.

(La foto es mía)

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