Crónica de una Lima adolescente

Los viernes a las 6 de la tarde la avenida Javier Prado saca al cavernícola que cada chofer lleva dentro. Confinado a un espacio de 1×1, uno se suma sin querer a una desesperada carrera para sobrepasar al troglodita del carro de al lado y llegar primero al semáforo. Todo esto sólo para descubrir que a doscientos metros hay otro semáforo, otra batalla, otro ataque de claxon, otro vendedor ambulante. El trajín entero suele durar entre 30 minutos y una hora. Todo depende de si uno sabe o no meter el carro. En todo caso, el más docto sabe que metiéndose en una transversal puede encontrar una ruta alterna.

Viajar en micro a esa hora es otra cosa: no hay transversales para cortar camino. Curiosamente, estar de pie en micro-lleno-y-que-el-cobrador-se-empeña-en-seguir-llenando no me molesta. Finalmente, no tengo que estresarme para llegar al semáforo: el chofer se encarga de eso. Miro los carros, miro el caos. Se parece a mi cuarto cuando tenía 16. Miro mi reloj – casi me caigo tratando de sacarlo de mi bolsillo – no es tan tarde, de todas maneras me faltan unas siete cuadras para llegar.

Las cosas en Lima funcionan bajo una lógica, digamos, del caos. Pero funciona. No puedo criticarla, creo que a cierta edad las personas hacemos lo mismo. Cada quien entiende su propia lógica, esta ciudad también. Se trata de una lógica que los adultos y sus actitudes más bien metódicas no llegan a entender. Partamos, por ejemplo, del sistema de transportes. ¿Dónde se ha visto un sistema de transporte público que es privado? Debe ser por eso que el cobrador sigue metiendo gente, al fondo siempre hay sitio, siempre y cuando pague con sencillo. Imagino que para una persona que tiene que pagar el alquiler de un carro, además de traer dinero a la casa para que ésta funcione, la diferencia entre diez y treinta pasajeros debe ser un plato más de comida, tal vez la posibilidad de llevar a sus hijos a pasear el domingo.

El cuello de botella en el que me encuentro es el paradero de la esquina de Javier Prado con Camino Real. Acá hay que llenar carro a como dé lugar. No importa el semáforo en verde, no importa el cavernícola que toca el claxon y carajea para que el chofer avance. Es un paradero importante. Hay incluso una armazón con techito y paneles publicitarios. Un rostro caucásico modela unos anteojos de sol de Eye Vision al costado de una anoréxica de Ripley. Entre ambos paneles, un datero. Me pregunto si en algo le afecta la publicidad, no lo creo, debe estar más preocupado en su trabajo, tal vez muy acostumbrado al ataque publicitario.

Esta última vista me trajo entonces una pregunta que nunca me había hecho: ¿Quién es Lima? Es decir. Si esta ciudad fuera una persona, ¿quién sería?, ¿qué edad tendría?

Supongo que para empezar sería más bien apática. No la culpo. Cada quien con sus problemas, cada quien metido en sus asuntos. Además, entre tanta gente uno no puede sentirse confiado. Incluso, me imagino que si me sentara a conversarle a la persona a mi lado, ésta me miraría como a bicho raro, seguramente con desconfianza, tal vez con algo de miedo. De repente ni caso me hace. Entre extraños las conversaciones no pasan de un comentario, ayuda a no sentirse solo. Y es que Lima es una ciudad que invita a sentirse solo. Será la bruma del invierno, fácil esa mata de nubes compactas. Poco a poco, voy llegando a una conclusión: Lima es una ciudad con rasgos adolescentes. Es desordenada (perdón, funciona bajo una lógica propia) y es apática. Además es solitaria. En mi opinión, no sabe hacia dónde se dirige.

Se trata de una ciudad con múltiples caras. Por un lado tenemos el Centro Empresarial de San Isidro, pero a más o menos un kilómetro están las primeras calles de La Victoria; la tradicional Miraflores, separada de Surquillo por la Av. Tomás Marsano; La Molina, dividida por una reja de Ate-Vitarte. Y uno llega a preguntarse, ¿tiene una identidad definida?, ¿o se trata más bien de un mosaico más o menos armado en forma de ciudad? Yo diría que está en proceso de autodefinirse. Lima está en transición de una “niñez” dorada en la que la aristocracia y las clases medias vivían en la burbuja de la prosperidad, a una “adultez” por definir. ¿No es acaso la adolescencia una transición? Esta habría comenzado con las primeras invasiones en los años 50. Desde entonces, Lima se extiende como una mancha indefinida, crece en desorden, está con las hormonas revueltas.

A esto podemos sumarle el brutal liberalismo económico. La ciudad se hace agresiva. Separa brutalmente a los “triunfadores” de los “perdedores” en todos los ámbitos (económico, social y sexual). Y claro, acá el criollo triunfa. Y el que no se acriolla no está en nada. Entonces, el “nuevo limeño” pasa por un proceso casi maquinal de alimeñamiento, para triunfar. Estamos hablando de una enajenación de lo que uno era antes de entrar, y curiosamente, también de una fusión entre lo provinciano y lo capitalino. Finalmente podríamos decir que el nuevo limeño es un criollo acholado, o tal vez un cholo acriollado… no sé, es toda una melcocha.

Un par de cuadras más adelante paso por el ex cine Orrantia. Hasta hace unos años era un cine Porno, ahora es una comunidad bíblica, qué contradictorio. Es ahí donde me bajo. Son las seis y veinte. Trato de alejarme lo más posible del sonido envolvente de los cláxons. Me parece que se trata más bien del grito desesperado de una ciudad por encontrar el orden interno, una paz relativa y tal vez incluso de recuperar la confianza en el troglodita del carro del costado. Finalmente, es tan solo una persona bajo presión.

 

Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band

I’ts wonderful to be here
It’s certainly a thrill
You’re such a lovey audience
We’d like to take you home with us
Sgt Pepper’s Lonely Hearts Club Band

Antes del Sgt Pepper

En 1966 eran la banda más grande del planeta. No solo habían logrado la fama entre adolescentes de todo el mundo, quienes protagonizaron el episodio conocido como “Beatlemania“, sino que, tras su primer viaje a EEUU en 1964, fueron adquiriendo poco a poco gran libertad creadora y los geniales discos sacados a partir de 1965. Durante este viaje conocerían a Bob Dylan. Este encuentro fue fundamental para ambos ya que por un lado los beatles conocerían la marihuana, en primer lugar, y aprenderían de Dylan el arte de escribir letras más elaboradas e interesantes; por su lado, Dylan recibiría una lección de composición musical de parte de Lennon y McCartney, mejorando su estilo musical.

Hacia 1966 las declaraciones de John Lennon de que “Los Beatles eran más grandes que Jesús” (queriéndo referirse a que el Cristianismo estaba tan desprestigiado que un fenómeno como los Beatles tenía más seguidores), causaron gran controversia al rededor de la banda. Muchos países católicos y muchos Estados de EEUU organizaron quemas de discos; incluso, cuando volvieron a EEUU para su última gira, fueron amenazados de muerte por la organización racista Ku Klux Klan. Su última presentación en vivo se daría en San Francisco el 29 de agosto de 1966.

(Foto: El último concierto de los Beatles)

A fines de 1966 sale Revolver. Un disco muy influido por el LSD, la experimentación musical, los loops. Los Beatles tenían tiempo de sentarse a componer, grabar montones de instrumentos, darle vuelta a las cintas, retrocederlas, regrabarlas, repetir sonidos durante momentos enteros de una canción… en fin, experimentar. Después de su lanzamiento, cada uno se daría unos meses de descanso.

Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (Foto: los Beatles en 1966)

La idea original del disco era hacer un homenaje a Liverpool, ciudad natal de los cuatro músicos. Sin embargo la cosa quedó en el single Strawberry Fields Forever/Penny Lane. McCartney, por su lado, trajo la idea de “formar” una banda ficticia a la que llamaría
Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, para presentar un disco supuestamente tocado por ella. De ahí, la variedad de estilos que maneja el disco, los avances en experimentación, y los atrevimientos son obra y gracia de Los Beatles y de George Martin, su productor. La idea de McCartney era sacar un disco único, el disco definitivo de la banda. Un disco que superase al Pet Sounds de los Beach Boys, sacado en 1966, que había dado inicio a la época de gran experimentación en la música.

En este disco mandaron prácticamente todo a la mierda. De todas maneras ya habían protagonizado la controversia de “más grandes que Jesús”, fumado marihuana en el Palacio de Buckingham antes de recibir la orden de Caballeros de la Corona, McCartney ya había declarado que había usado LSD, etc. Fue un disco que dio mucho de qué hablar a partir de canciones como Lucy in the Sky with Diamonds, que muchos asocian con un mensaje lisérgico directo, She’s Leaving Home, de la cual dicen que es acerca de una chica que se escapa de su casa para irse con un hombre que la introduce a las drogas. Una anécdota que cuentan en la Antología es que mientras grababan A Day in the Life, dudaban en si introducir o no la frase “I’d like to turn you on” (quisiera excitarte). Finalmente, la pusieron.

A Day in the Life, que habla sobre un accidente automovilístico, la idea de fumarse un wiro en el autobus, los huecos en la carretera Longshire-Lancashire es, de hecho, dos canciones divididas por un solo instrumental In Crescendo, el clímax de la canción, y fusionadas en un solo track. Esta es la principal canción que alimenta el mito de “Paul McCartney está muerto” ya que, según dice, McCartney murió en un accidente en 1966.

El disco fue sacado por primera vez la mañana del 1 de junio de 1967. Esa mañana, la música “nació” de unos enormes amplificadores ubicados en el techo de los estudios Abbey Road, despertándo al vecindario y reafirmando lo que el Pet Sounds de los Beach Boys había comenzado. El año de 1967 fue también conocido por el “Verano del Amor“, el nacimiento de Pink Floyd con Syd Barret y “The piper at the gates of dawn“.

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